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Cuando acecha la maldad, un filme con malas señales

Publicada el 03/08/202418/09/2024 por Julieta Alegre

Cuando la película de Demián Rugna se convirtió en un éxito de Netflix, pocxs de quienes no la habían visto sospecharon que se trataba de una producción nacional. No porque Argentina no produjera películas de calidad, multipremiadas en el mundo, sino porque Cuando acecha la maldad —el filme en cuestión— es una historia de terror. ¿Acaso se ha desarrollado este género en el país?

La respuesta va a sorprender a más de unx. Sí, la industria local tiene en su haber narrativas de este tipo, lo que también se ha replicado en la TV. Pero, eso sí —no hay forma de negarlo—, se trata de un género poco prolífico. Las razones son muchas. ¿La más importante? Sea donde sea, acá o en Hollywood, el terror es un género de nicho.

Demián Rugna, director argentino de Cuando acecha la maldad.
Demián Rugna, director de Cuando acecha la maldad. Fuente: Perfil.

¿Qué significa esto? Al contrario de lo que ocurre con la comedia, pareciera que no todxs desean experimentar el horror que les puede generar una ficción. Y los que sí se atreven, suelen tener sus condiciones, como consumirla en grupo o hacerlo a determinada hora del día.

El caso es que, pese a todo esto, Cuando acecha la maldad logró posicionarse gracias a un recorrido poco habitual. Al principio, se estrenó en festivales internacionales —ganando en el Festival de Sitges—, en salas de Estados Unidos y en otros países de Latinoamérica. Sólo entonces se exhibió en Argentina, y fue en ese momento cuando Netflix decidió sumarla a su oferta cinematográfica. 

¿Ésta es la razón de su éxito? En parte. Primero, porque no se puede quitar del análisis el boom del cine de terror argentino ocurrido en los primeros diez años del nuevo milenio, durante los cuales se hicieron casi 150 películas del género. Segundo, porque es imposible desconocer la calidad de la trama rural que nos acerca Rugna, que funciona como el eco de una coyuntura política en el orden de lo real. Realidad que, lamentablemente, nos fue ahogando en los últimos años.

Cuando acecha la maldad, ¿una película más sobre exorcismo?


Cuando Rugna relata que su primera influencia fue Horacio Quiroga, el rompecabezas queda completo. Son muchas las señales que enlazan su película con la narrativa del escritor uruguayo: un contexto rural, hechos que parecen combatir lo realista, la marca de lo siniestro. Porque sí, Cuando acecha la maldad se define como un auténtico viaje a lo trágico al narrar un hecho espiritual —representado por una posesión maligna—, pero cuya contraparte, en este caso, es la ciencia.

No resulta casual que el director decidiera que quienes enfrentaran al mal fueran una suerte de monjes científicos —con sus astrolabios incluidos— y no representantes religiosos, como suele suceder en las historias de este tipo. Hay una razón fuerte detrás: dejar sin un rol central a la religión. Para Rugna es ésta la que pone en duda a la ciencia todo el tiempo, como forma de combatir su poder en lo real. Algo que puede ser peligroso si el foco es puesto en las posibles consecuencias. De hecho, ésto es, en efecto, lo que ocurrió durante la pandemia.

Por esta razón, en principio, es imposible catalogar a esta historia como una película más sobre exorcismos. Pero no es lo único. Lo que más destaca a esta producción es que, en el fondo, se trata de un filme en el cual el mal resulta una metáfora del fascismo, y la película completa un retrato del ascenso de la ultraderecha en el mundo, también en Argentina. Otra cosa es que no toda la audiencia pueda hacer esta lectura —lo que, por otra parte, no le preocupa al director—. Pero, de todos modos, está presente como si fuera, quizá, la última capa de la cebolla.

Trailer de Cuando acecha la maldad. Fuente: Cinépolis Distribuición.

En el paralelismo que plantea Rugna, aparecen otros elementos que son pasibles de traducir en el orden de lo real. Así, cuando los hermanos Pedro y Jimi deciden escapar del pequeño pueblo donde viven tras el asesinato del exorcista que iba a salvar al poseído, situaciones extraordinarias provocan una ola de crímenes. Como consecuencia, los protagonistas intentan ponerse a salvo y también a los suyos. En la aventura que emprenden ambos, la presencia de unos niños habitando una escuela rural pone en relevancia la fragilidad de la infancia ante lo maligno.

Los niños buscan los límites, exploran sensaciones. El demonio trata de convencer a estas mentes más débiles, más pequeñas, más influenciables, de cosas que no les convienen.

Demián Rugna.

Esto afirma el director y, al aparecer no se equivoca. ¿Por qué? No es una novedad que las ultraderechas encuentran en la juventud tierra fértil para hacer germinar ideas que pueden resultar atractivas en principio. Aunque, claro, son en realidad las que terminan por perjudicar a los pueblos, en términos simbólicos, pero también reales. Ejemplos sobran en la historia mundial. También en los tiempos que corren.

Todo tiene que ver con todo. Por algo, V invasión extraterrestre es la serie que Rugna señala como la que lo inspiró a dedicarse al cine. En esta historia de 1983, vaya casualidad, quienes adhieren al nuevo régimen dictatorial que quieren imponer los visitantes con un eslogan basado en la libertad, son los jóvenes. En especial uno, que llega a entregar a su familia con tal de ejercer el poder junto a los extraterrestres, lo que termina por costarle la vida. Nada menos.

Jimi escapa de su pueblo en una escena de la película.
Jimi escapa de su pueblo en una escena de la película. Fuente: Echados viendo tele.

Siguiendo la misma línea en esta equivalencia con lo real, Ruiz —interpretado por Luis Ziembrowski— da cuerpo a los terratenientes que le adjudican al estado el origen de todos los problemas. Algo que, en el fondo, refleja el temor de la clase dirigente a la intervención estatal en sus propiedades, aunque sus riquezas hayan sido amasadas en el pasado con la ayuda de ese mismo estado al que rechazan. ¿De qué manera? A través de condonaciones de deudas, estatización de deudas privadas, subsidios, exenciones impositivas, entre tantas otras formas. La lista parece interminable.

De la misma forma, la ineptitud y la indiferencia de las autoridades del pueblo y la sociedad ante el fenómeno de posesión y los sucesivos crímenes proyectan, en realidad, la falta de recursos y el desinterés por lxs demás, lo que no es una sorpresa. Al contrario, son cuestiones que caracterizan a Argentina y Latinoamérica, sobre todo en el último tiempo. Y que, lamentablemente, se encuentra naturalizado.

Pareciera entonces que, si tenemos en cuenta el momento histórico en el que se produjo, Cuando acecha la madad es, quizá, el vehículo que su director encontró para canalizar sus propios miedos. Sí, parece evidente. Pero, ¿será también que fue su manera de lanzar alertas frente a un contexto que le susurró lo que ocurriría en términos políticos en esta parte del mundo?

El terror en el cine y la TV argentinos


Cuando acecha la maldad es una perla dentro de un desarrollo muy irregular del cine de terror argentino. Antes del boom, entre 1930 y el 2000, solamente se produjeron alrededor de treinta películas del género. ¿Cómo pudo modificarse esta situación en tan poco tiempo? Con ayuda de un organismo que fue —y debería seguir siendo— clave para el cine argentino: el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales. A través de incentivos destinados a este tipo de narrativas, el INCAA les permitió a los directores tener un mayor presupuesto. También, que sus películas pudieran competir en festivales internacionales.

En paralelo, la TV local también ofrecía, de manera esporádica, su cuota de terror. En los años ochenta, se destacaron las series Viaje a lo inesperado y El pulpo negro —de la mano de Narciso Ibañez Menta—. Durante la siguiente década, fueron exponentes del género programas como El garante y La condena de Gabriel Doyle —creaciones de Sebastián Borensztein—, Drácula y Por el nombre de dios, este último protagonizado por Alfredo Alcón.

Justo en estas décadas, el cine hizo silencio. Entre 1988, año en que se estrenó Alguien te está mirando, y 2008, momento en que salió al ruedo Visitante de invierno, hubo veinte años de nula producción cinematográfica del género terror. ¿A qué se habrá debido este fenómeno, además de la falta de recursos y apoyo estatal? Quizá la respuesta esté en los márgenes.

Narciso Ibañez Menta en una escena de El pulpo negro.
Narciso Ibañez Menta en una escena de El pulpo negro. Fuente: Periodismo & Punto.

Sólo dos meses después del estreno del filme de 1988 sucedió lo que se conoce como el copamiento del cuartel de La Tablada. Al siguiente año, se reprimiría el último intento de golpe de estado de los llamados carapintadas —con el realizado en 1987 habían logrado impunidad con la Ley de Obediencia Debida—. Y ya en los años noventa, en 1992 y 1994, el país sufriría dos atentados: a la embajada de Israel y a la AMIA, respectivamente. Quedaba claro, entonces, que Argentina no necesitaba del cine de terror porque estaba viviendo su propia historia terrorífica. 

Lo de Rugna cobra mayor valor al emerger en un momento en el cual el ascenso del fascismo era casi un hecho en nuestro país. En ese sentido, como director, tomó el miedo, al cual le dio un lugar preponderante en su narrativa, para darle un sentido político. No por nada, en una entrevista realizada por El Español, señaló: 

«La extrema derecha conoce nuestros miedos, los que nos pasamos de unos a otros, y pueden controlarte para que hagas cosas que no te convienen. En la película, vemos al niño demonio llevando de la mano a las próximas generaciones hacia el abismo o, como mínimo, a un futuro incierto».

¿Es sólo una película? Sí, dirán muchos. Y puede ser. Pero, al mismo tiempo, también es un recordatorio de que la maldad siempre está acechando. Y de que ésta sólo se sale con la suya cuando cedemos nuestros derechos y le entregamos el poder frente al miedo que busca provocarnos. 

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Esta obra está licenciada bajo CC BY-NC-SA 4.0

Autores: Julieta Alegre y Nicolás Esquivel

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