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Grande pa, la comedia que marcó el inicio de otra TV

Publicada el 07/08/202411/09/2024 por Julieta Alegre

Nadie que haya vivido durante los años noventa puede haberse olvidado de Grande pa, aquel gran éxito del por entonces recién privatizado canal 11 y protagonizado por Arturo Puig y María Leal. Incluso aunque no haya visto un solo capítulo. La razón es simple. E indiscutible también. Casi de inmediato, esta comedia familiar se convirtió en el programa con mayor rating de la historia de la TV local. Ya nada sería igual.

¿Qué tanto tuvo que ver el contexto con el suceso de Grande pa? Muchísimo. La historia del viudo y sus tres hijas tomó centralidad dentro de una televisión en cambio, que crecía y se multiplicaba a la sombra de un nuevo plan económico. Y en el inicio de un gobierno que también, desde lo cultural, quería imponer un nuevo estilo de vida emparentado con el norteamericano. Algo que el plan de convertibilidad parecía poder garantizar.

Elenco principal de Grande pa.
Elenco principal de Grande pa. Fuente: C5N.

Si bien hubo otros programas que se volvieron modélicos de esos años —y que expresaron con el mismo ímpetu los ideales menemistas—, ninguno tuvo la repercusión de esta comedia que duró cuatro temporadas —desde 1991 hasta 1994— y que terminó por convertirse en una especie de telenovela semanal. Quizá porque fue el primero de todos y el más fiel a los ideales de su tiempo.

Aunque se trató de una reversión de Creciendo con papá —una comedia de canal 13 que tuvo cierto éxito en 1982—, los años noventa le imprimieron su sello. El clima menemista lo invadió todo. También la TV. A tal punto que no sólo influyó en su trama. También le brindó el contexto político y económico necesario para convertirse —con ayuda de la suerte, tal vez— en un suceso difícil de olvidar.

Una historia ochentosa en clave menemista


Para que Grande pa se estrenara por la pantalla de Telefe en enero de 1991, varias cosas tuvieron que suceder. La primera de todas —por una cuestión temporal, pero también de importancia— fue la privatización de empresas públicas pergeñada por el gobierno de Menem. Entre ellas se encontraban hasta entonces los canales 11, 7 y 13. Fue así como en los inicios de 1990, canal 11 pasó a llamarse Telefe.

A ello hay que agregarle otra decisión gubernamental. La relación fija de 1 a 1 entre el peso y el dólar en 1991 le permitió a la clase media el consumo de ciertos bienes y servicios que antes parecían inalcanzables. O, al menos, la acercaron. Y aunque esta nueva realidad era una ficción que no cerraba sin desocupación ni represión —el pico de la tasa de desempleo se alcanzó en 1995 con un 18,4 % según el INDEC—, la mayoría no era consciente de esto al inicio. La fiesta menemista estaba en su apogeo. También para los dueños de los medios, claro. Había que aprovechar.

Fueron estas dos medidas las que permitieron a los canales recién privatizados invertir más fuerte en producción, dejando atrás pobres recursos y la estética de los años ochenta. Esto transformó la manera de hacer TV de manera radical. Pero, sobre todo, provocó cambios en el orden de lo simbólico, ya que las nuevas ficciones vinieron a reformular la manera de definir el éxito, la belleza o el amor. Aquellas estaban ahora bajo la influencia del nuevo espíritu de época, el que promovía el menemismo en todas sus formas. Eran años de «pizza con champán»: excesos, novedades y frivolidad.

Fachada actual de la casa de la familia Aráoz en Grande pa.
Fachada actual de la casa de la familia Aráoz en Grande pa. Fuente: Google maps.

En ese marco, ¿qué mejor idea que mostrar a familias acomodadas, antes que a personajes marginales o mansiones acartonadas propias de un Rockefeller, como los de las telenovelas y comedias de la década anterior? Porque eso es la familia Aráoz: un grupo de personas que no sufre penurias económicas y cuyo nivel de vida es la envidia de cualquiera. Especialmente en los años noventa.

En eso se distancia de Amigos son lo amigos, la otra gran ficción de los inicios de Telefe que también ayudaría al canal a desplazar al 9 de Romay —cuyo último gran éxito de su hegemonía fue La extraña dama— y convertirlo en líder indiscutido. ¿La razón? Carlín Cantoni, más allá de las frivolidades de la historia, es un fletero de casi cuarenta años que no es propietario, sino que alquila el departamento donde vive.

En cambio, la vida de Arturo Aráuz resulta más privilegiada. En cierto sentido, sin quererlo quizás, refleja el estilo de vida al que todxs aspiraban y que el gobierno había prometido. Por empezar, vive en un chalet de Parque Chacabuco, un barrio porteño pintoresco. Y, por si esto ni fuera suficiente, también es dueño de una fábrica de ropa interior a la que parece irle bien —algo poco creíble durante la gestión menemista—. Esta circunstancia no es menor. Al contrario, es la que le permite sustentar ciertos lujos: un auto descapotable, escuela privada para sus hijas menores, viajes, club deportivo —en el cual practican tenis y hockey—, fiestas y pijamas party en casa —una costumbre muy de esos años—, una mascota de raza, una empleada con cama adentro. ¿Qué más podría pedir?

María leal, Nancy Anka, Julieta Fazzari y Gabriela Allegue aún siguen en contacto.
María leal, Nancy Anka, Julieta Fazzari y Gabriela Allegue aún siguen en contacto. Fuente: Guioteca.

En ese marco, los conflictos de la trama —al menos en los primeros dos años de la tira—, como es de esperar, se centran en cuestiones cotidianas. Entre los más frecuentes se encuentran problemas escolares, peleas con los novios, travesuras, malos entendidos. Aunque también —no se puede negar—, aparece siempre de fondo la tragedia familiar. La que, por lógica, marca un antes y un después: la muerte de la esposa de Aráoz y madre de Jose, Anyi y Flo. 

Pero, pese a esta situación no menor, de todos modos la vida acomodada que llevan resulta evidente en el desarrollo de la historia. Algo que, además, solo contrasta con la figura de María, la buscavida concordiense que consigue trabajo en la casa de la familia Aráoz y que se vuelve entrañable para “sus chancles”.

Aunque luego se transforma en un melodrama con matices místicos, en sus inicios Grande pa no es más que eso: una comedia blanca familiar y divertida, con conflictos por momentos telenovelescos o superficiales. Tan superficiales como la época.

La transformación de Grande pa


La posibilidad de invertir mayores cifras en la producción de los programas posibilitó que prestigiosas figuras participaran del envío semanal. Por un lado, como parte del elenco estable. Delfy de Ortega —protagonista de El amor tiene cara de mujer (1964)—, Alberto Fernández de Rosa, Stella Maris Closas y Elena Tasisto son ejemplo de ello. Por otro lado, como invitados especiales. El caso de Mercedes Sosa, Sergio Denis y Sandro, estrellas que se interpretan a sí mismos en distintas temporadas.

También, al igual que otros envíos del canal como las ficciones de Cris Morena o los programas de Tinelli, Grande pa sirvió de semillero para actores y actrices que hoy son reconocidos, como Guido Kaczka, Agustina Cherri y Virginia Inoccenti. En contraposición, y tal como suele ocurrir con ciertos éxitos, algunxs de sus protagonistas no volvieron a trabajar. En otros casos, sólo de manera esporádica.

Quizá este fenómeno se deba al impacto que tuvo como ficción durante los cuatro años que duró al aire, lo que impidió que algunxs artistas pudieran despegarse de personajes tan populares. Porque es una realidad, más allá de las críticas posibles, que Grande pa representa un auténtico mojón en la historia de la TV. ¿Por qué? No sólo por lo señalado con anterioridad, sino porque también revolucionó la forma de desarrollar una narrativa familiar.

Promo de Grande pa. Fuente:Archivo Raro VHS.

Prueba de ello es la cercanía de esta ficción con la estética del videoclip, que se inició con ella de manera masiva —sólo igualada, quizá, por Amigos son los amigos—y que modificó los códigos existentes hasta entonces. En eso no se equivocó Gustavo Yankelevich —director artístico del canal— al darle protagonismo y una función narrativa a la música. De hecho, las canciones que ambientan las escenas, casi todas en inglés salvo excepciones —ya sabemos la razón—, son hoy consideradas clásicos de los años ochenta y noventa. 

Tampoco confundieron el camino sus productores cuando decidieron cambiar de autores a partir de la tercera temporada. ¿Por qué? Convertir una comedia blanca en una telenovela les pareció la estrategia perfecta para recuperar audiencia. A partir de ese momento, en la tira hay de todo: cegueras repentinas, enfermedades mortales, sueños premonitorios, una huérfana. Pero sobre todo un final feliz. ¿Tradicional? Casi como si fuera una tira de Migré. Sus protagonistas —el empresario y la empleada casi analfabeta— sellan su amor en un avión. Y sus chancles lo festejan desde el suelo al grito de «grande pa». Como lo hicieron durante los cuatro años más exitosos del canal en los noventa.

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Esta obra está licenciada bajo CC BY-NC-SA 4.0

Autores: Julieta Alegre y Nicolás Esquivel

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