Aunque hayan pasado más de cuarenta años, Rosa de lejos continúa siendo un hito de la TV al que volvemos cada tanto. Quizá porque, como ninguna otra telenovela de su época, penetró en el imaginario colectivo y logró instalarse como un clásico. No sólo es reconocida por varias generaciones sino también en diferentes países de Latinoamérica. ¿Cuál será la razón de este fenómeno, que no entiende de décadas ni territorios?
Es cierto que datos duros incuestionables justifican su importancia en los medios. No sólo los exorbitantes niveles de audiencia — llegó a promediar los sesenta puntos de rating— la catapultaron como una telenovela inolvidable. También pasó a la historia por ser la primera ficción transmitida a color en el país, todo un acontencimiento para la TV local. Pero su valor, sin embargo, se encontraría en otro lado.
No en su originalidad. Rosa de lejos fue, sin dudas, la versión más exitosa —incluyendo las de México, Brasil, Perú y Venezuela, que produjeron las suyas—, pero no se trató de una historia original. Trece años antes, durante los años sesenta y con Irma Roy como protagonista, Simplemente María irrumpía en la pantalla de canal 9 para exponer al público por primera vez la historia de una joven analfabeta venida del interior del país que intentaba hacerse lugar en Capital Federal. Allí germinaría tiempo después Rosa de lejos, historia que estaría muy apegada a la trama inicial y que sería portagonizada en esa ocasión por Leonor Benedetto.
La original fue popular entre la audiencia. Sin embargo, por aquellos años la televisión recién comenzaba a reemplazar a la radio en los hogares, por lo que su alcance se vio limitado por el contexto, muy diferente al que tuvo la segunda versión en 1980. Ya para ese entonces la TV había logrado desplazar de a poco a las emisiones radiales y erigirse así en el medio de comunicación que dominaba la esfera privada. Por eso podría decirse que no quedó nadie sin ver Rosa de lejos todos los mediodías por la pantalla de ATC. O casi nadie.
Buen rating y una historia a color, ambos datos son verídicos. Sin embargo, no explican del todo lo que sucedió con esta historia. Porque, más allá de los soportes técnicos que pudo aprovechar o los buenos resultados que cosechó en su audiencia, lo que destaca a Rosa de lejos pareciera ser su capacidad para marcar la historia de la TV, y no otra cosa. ¿Cómo? Con una trama disruptiva para su tiempo que dejó al alcance del público un modelo de mujer alejado de los cánones del género melodramático. Nada más ni nada menos.
Una máquina de coser, una aliada y un destino marcado
Simplemente María —la única remake que no lleva el nombre original es Rosa de lejos— fue escrita por Celia Alcántara en los años sesenta, pero la historia se sitúa, en el inicio, veinte años atrás, en los cuarenta. Por ese entonces, en pleno auge del Peronismo, llega a la capital del país una adolescente de diecisiete años proveniente de una provincia lejana. Deja atrás a su padre y hermanos menores sólo con un objetivo: conseguir trabajo en la ciudad y ayudar a su familia.
En Rosa de lejos no se refieren fechas, lugares exactos ni hechos históricos que puedan servir de anclaje temporal de la historia —probablemente algo intencional—, pero la trama sigue el mismo destino que la original. Como una historia ordinaria calcada de la realidad, Rosa Ramos — María en la original— consigue trabajo como empleada doméstica en una casa del barrio de La Boca. Analfabeta y sin familiares ni amigos en la ciudad, acepta lo poco que le brindan y sueña con progresar.
Este es, quizás, el primer elemento disruptivo. Porque, aunque desde el principio aparece en su vida Roberto Caride —un estudiante de medicina que se convierte en su interés romántico—, su idea de ganar dinero y darle una estabilidad económica a su familia permanece en primer plano durante toda la telenovela.
Caride, interpretado por Pablo Alarcón, tiene todos los atributos de un galán de la época: es hegemónico, desenvuelto, popular. Pero, sin embargo, tiene exacerbadas características que los protagonistas convencionales suelen tener en menor medida. Caride es un estudiante crónico de clase acomodada que busca pasarla bien sin compromisos. Para lograrlo, se violenta, miente y manipula sin límites hasta que la realidad le devuelve un resultado inesperado: Rosa termina embarazada y, por esta razón, es echada sin compasión de la casa donde trabaja.
Es en ese momento donde aparece un segundo elemento disruptivo en los roles de Teresa, reciente amiga de la heroína, y de Esteban, un humilde maestro de La Boca. Ambos son fundamentales para Rosa. Sobre todo cuando Caride decide abandonarla sin explicación. Teresa será quien le cuide su hijo y la quiera sin condiciones. El maestro, quien le de un cuarto para dormir y le enseñe a leer y a escribir. Si bien una amiga y un hombre como ayudantes de la protagonista son recursos recurrentes del melodrama, en este caso la ecuación culmina en un resultado diferente. Rosa terminará por enamorarse y casarse —eso sí, veinte años después— con Esteban. Y reconocerá en Teresa una hermana sin la cual no hubiera podido lograr sus objetivos.
El abandono de Caride, en efecto, tiene su castigo. La negativa reiterada de Rosa a volver con él conforme van transcurriendo los años termina por transmutarlo de galán a villano. De esa manera, Alcántara desarticula una fórmula archiconocida de la telenovela que referencia dinámicas sexo-afectivas algo polémicas: una mujer que soporta y un hombre que, en última instancia, se arrepiente de sus errores. Incluso cuando estas equivocaciones son delitos condenables como el abuso sexual o la violencia de género. Algo que, en ocasiones, el público cuestiona, como es el caso de Betty la fea.
En Rosa de lejos el destino de la heroína será distinto al convencional. Y no sólo porque rechaza al galán luego de haberla abandonado y construye una vida junto al hombre que la acompañó en sus peores momentos. Sino porque su motor principal es el progreso, el éxito profesional, la educación, el prestigio. Todo eso lo logrará, finalmente y a paso lento, con una máquina de coser prestada y la colaboración de varias manos, tan humildes y emprendedoras como las suyas. No sin antes, claro, atravesar penurias materiales y tropiezos afectivos.
Mitos y prejuicios en Rosa de lejos
Más allá de los rasgos románticos propios del género, la telenovela de Celia Alcántara no es más que la historia de una “cabecita negra», como llaman a Rosa amigos y familiares de Caride. No es casual ni inocente. Esta expresión era utilizada a mediados del siglo XX para designar de manera despectiva a las personas de piel oscura pertenecientes a la clase obrera. Quienes la usaban eran, por lo general, las clases media y alta de Buenos Aires o de núcleos urbanos de relevancia, quienes veían con desagrado la llegada de provincianos en busca de un futuro mejor. Un término racista y clasista que, si bien se ha deformado con el tiempo, no ha desaparecido ni mucho menos.
Este detalle da cuenta, no sólo de la situación económica de los personajes, sino de la dinámica social en la que se encuadra la historia entre Rosa y Caride. A éste lo avergüenza la condición de la protagonista, por eso oscila entre el afecto y el prejuicio sin decidirse del todo. Al final, termina por convertirse en un villano acomplejado de buena posición económica debido a su origen familiar, pero de nulo éxito y prestigio profesional como médico. En cambio, Rosa hace de su decepción romántica el impulso para cultivarse y alcanzar sus metas. El dolor la lleva a escalar socialmente. A partir de años de sacrificios, se convertirá en una diseñadora reconocida en todo el mundo. Sin depender de un hombre. Sólo de sus manos. Y algunos amigxs solidarixs.
Su mayor aliada es una “cabecita” como ella, también llegada del interior pero años antes, quien le enseña a defender sus derechos ante sus “patronas”. No pocas veces ambas dejan en evidencia las condiciones precarias de las empleadas domésticas con cama adentro. Pero ante la penuria, Rosa se propone un plan: estudiar en sus días libres corte y confección para dedicarse en un futuro a la costura y dejar así de “servir en una casa”. Dicho en otros términos: busca romper con el destino de las mujeres provincianas, analfabetas y pobres. ¿Con qué objetivo? Uno solo: forjar un camino más luminoso y prometedor para ella y su hijo.
Claro que para eso cuenta con un contexto facilitador. Nada lo hace sola. No sólo porque la familia del maestro la cobija en su hogar y le presta la herramienta imprescindible para su proyecto —la máquina de coser—, sino porque aquel le enseña todo lo que necesita saber, tanto de la escuela como de la vida. La solidaridad y el trabajo colectivo también cumplen un papel en su arriesgada aventura.
La historia de una trabajadora doméstica que logra triunfar en el mundo de la moda, a diferencia de la telenovela Cristal, por ejemplo, no está asociado a hombres poderosos —hasta que lo logra, Esteban no es más que su amigo y un simple maestro de escuela—. Tampoco a favores de ningún tipo. Por el contrario, está enlazado con su determinación y empoderamiento como mujer. Queda así la historia afectiva —primero con Caride, luego con Esteban— como fondo de una trama mayor que ocupa el centro de la escena: la superación personal. Una historia posible. Una historia necesaria. Sobre todo en décadas pasadas.
Esta premisa lo deja en evidencia la propia autora al inicio de la telenovela. Cuando Rosa llega en tren a la gran ciudad, una voz en off advierte al público:
«Las abuelas heroicas que dejaban su casa o sus padres, la tierra natal, para seguir a sus hombres o buscar en otro horizonte la posibilidad de una vida mejor. Las audaces mujeres que fundaron pueblos de América. Las aldeanas que no vacilaron en trasladar su hogar. Todas encontraron la voz que narrara sus hazañas. Pero existe una raza de mujeres cuya debilidad, cuya audacia, cuyo valor increíble no ha sido cantado aún. No faltaron voces que supieran hacerlo. Pero como las heroínas están aquí, en nuestra tierra, viviendo alguna bajo nuestro techo, faltó distancia, faltó perspectiva para que sus hazañas nos llegaran en su verdadera dimensión».
Pero también queda claro al final cuando, ya en París, Esteban presenta a una mujer que acaba de llegar del campo en busca de trabajo —exactamente igual que Rosa hace veinte años atrás—, y ésta le responde:
«¿Ves como la historia siempre vuelve a empezar?».


